Friday, September 15, 2006

La "Canción a la soledad de Nuestra Señora", de Francisco de Aldana

© Antonio Cruz Casado

LA "CANCIÓN A LA SOLEDAD DE NUESTRA SEÑORA LA MADRE DE DIOS", DE FRANCISCO DE ALDANA.

Francisco de Aldana es uno de los poetas más atractivos de la segunda mitad del siglo XVI, cuya vida coincide en parte con la de nuestro Barahona, en lo que a época se refiere. Nacido en Italia, seguramente en Nápoles, hacia 1537, la vida de este "divino" poeta (así fue calificado por sus críticos y lectores) se desarrolla entre la milicia y las letras, como muchos otros líricos de entonces, entre los que resulta paradigmático el caso de Garcilaso de la Vega. De la misma manera que ocurrió con el gran poeta toledano, un hecho de armas es el que motiva la muerte de Aldana: el día 4 de agosto de 1578, en la desgraciada expedición portuguesa a Alcazarquivir, donde también perdería la vida el rey don Sebastián, muere el valiente capitán Francisco de Aldana, cuyo cadáver no pudo localizarse tras la dura batalla, como tampoco lo sería el del rey portugués.
La sensibilidad lírica del escritor aún nos resulta cercana y compartible, casi existencial en diversas ocasiones, como sucede en la famosa "Epístola para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della", en la que se incluyen fragmentos de notable intensidad:

yo soy un hombre desvalido y solo,
expuesto al duro hado cual marchita
hoja al rigor del descortés Eolo;
mi vida temporal anda precita
dentro el infierno del común trafago
que siempre añade un mal y un bien nos quita.
Oficio militar profeso y hago,
baja condenación de mi ventura
que al alma dos infiernos da por pago (1) .

Este trasiego de la vida militar es el que le hace desear un reposo aislado, que evoca el que propone la "Oda a la vida retirada" de fray Luis de León (2) y el consecutivo acercamiento a Dios.

Pienso torcer de la común carrera
que sigue el vulgo y caminar derecho
jornada de mi patria verdadera;
entrarme en el secreto de mi pecho
y platicar en él mi interior hombre,
dó va, do está, si vive, o qué se ha hecho.
Y porque vano error más no me asombre,
en algún alto y solitario nido
pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre
y, como si no hubiera acá nacido,
estarme allá, cual Eco, replicando
al dulce son de Dios, del alma oído (pp. 439-440).

En este sentido se puede comprender la poesía religiosa del militar Aldana, puesto que es tendencia también cultivada y muy presente en la trayectoria del escritor, aunque también se siente atraido igualmente por otras formas profanas, entre las que se puede recordar en esta ocasión (porque es una afinidad con el lucentino Barahona de Soto) los temas ariostescos relacionados con Angélica y Medoro. Se tiene noticia, comunicada por su hermano Cosme, de que había compuesto innumerables octavas de esta temática, y de hecho nos quedan diez estrofas muy sensuales sobre este asunto que un manuscrito le atribuye.
La poesía religiosa de Aldana abarca un espectro relativamente amplio: la creación del mundo, el juicio final, las "Siete octavas a Dios Nuestro Señor", el soneto "Al monte de Alverna", sobre San Francisco de Asís, otro soneto dedicado al Santísimo Sacramento, diversos poemas dedicados a la Virgen, entre los que destaca, por su extensión y elaboración, el "Parto de la Virgen", que tiene su origen en el De partu Virginis, de Jacobo Sannazaro. Por lo que respecta a temas más específicos de la Semana Santa se le debe una "Canción a Cristo crucificado", un soneto "Al sepulcro de Cristo" y esta composición, que queremos rescatar hoy para Pasión Franciscana, titulada "Canción a la soledad de Nuestra Señora la Madre de Dios", no incluida entre las obras impresas por su hermano Cosme de Aldana, tras la muerte del poeta, pero que le atribuye un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid.
El tipo de estrofa empleado en la canción citada no es lo menos importante en esta ocasión, puesto que se trata de un esquema métrico italianizante cuya musicalidad y orden de rima recuerda con especial intensidad los mismos elementos que integran las estancias de la égloga primera de Garcilaso. La deuda garcilasiana es patente además en otros niveles, en estructuras sintácticas y en términos específicos que se repiten en ambos poemas, de tal forma que en varias ocasiones nos parece estar leyendo una versión a lo divino del poema pastoril citado (3) . La fórmula métrica de la "Égloga de Salicio y Nemoroso" es ABCBACcddEEFeF, esquema que Aldana imita muy de cerca en esta canción con el esquema ABCABCcddEefFGG. Como puede verse, cada una de las nueve estancia que integran la composición ofrece un esquema métrico fijo, que se inicia con una serie de dos tercetos encadenados, de versos endecasílabos, con los que enlaza un heptasílabo, a manera de verso de vuelta; a éste le siguen cuatro series de versos pareados, integradas por heptasílabos y endecasílabos. En líneas generales, la estancia tiende a concentrar los versos endecasílabos al comienzo y al final de la misma, ocupando la parte central versos heptasílabos.
Parece seguir en esto el escritor una idea que se encuentra expresada también en algunos tratados de métrica clásica, en los que se afirma que es preferible la adopción de los esquemas de canciones ya inventados por grandes poetas del pasado. De este parecer es Juan Díaz Rengifo, en su Arte poética española: "Algunos han pensado que es libre a cualquier poeta hacer en las canciones las consonancias que quisiere, y no me maravillo sean deste parecer los que hubieren leído un dialoguillo que hizo Miguel Sánchez de Lima, en el cual da esta licencia y libertad a todos, y los que hubieren considerado muchas canciones que andan escritas de mano de grandes poetas. En las cuales hay tan varias y diferentes consonancias que parece que no hay ley ni medida cierta en este género de poesía; pero engáñanse en esto, como en otras muchas cosas tocantes a este arte. Lícito es inventar nuevas canciones, pero no a todos, sino a sólos aquellos que tienen arte y prudencia para lo hacer, y saben componer sonadas que convengan a las consonancias que inventaren. Y cuando no concurren estas circunstancias, debe uno usar de las canciones y consonancias que usaron los italianos más insignes, de quien tomamos los metros. Así lo hicieron Boscán y Garcilaso, con ser tan señalados poetas, cuyas canciones, si bien las miramos, no discrepan casi en nada de las del Petrarca no sólo en las estancias, pero ni aun en los remates; y así lo han hecho los poetas latinos, que de mil y quinientos años a esta parte escribieron, que siempre han seguido las medidas y leyes que en las Odas de Horacio observaron" (4) .
Por lo que respecta a la ordenación del material que compone la canción de Aldana, hay que señalar una gran condensación expresiva al principio, puesto que en sólo cuatro versos se resume lo esencial de la Redención humana. A continuación el poeta se refiere a la soledad de la Virgen, núcleo central de la canción: los versos primeros contienen el planteamiento básico, a lo que sigue la presentación del doloroso estado de la Virgen tras la muerte de su hijo. El resto del poema es un monólogo dolorido de María, en el que recuerda hechos esenciales de la vida de Cristo. El poema se cierra con otro fragmento, el remate (5) , de carácter narrativo.
Cada dos estancias aparecen unos versos repetidos que funcionan como estribillo. Este elemento es una adaptación de un versículo de las Lamentaciones de Jeremías ("¡Oh los que atravesáis este camino,/ esperad y mirad con sentimiento / si habrá dolor que iguale al que yo siento"), fragmento que se recoge también en el oficio correspondiente al Sábado de Gloria, en que se conmemora la soledad de la Madre de Dios.
En su lamento la Virgen dice que ha sido en otro tiempo la más dichosa de las criaturas y, en contraste, ahora es la más triste de todas, recordando de pasada algunos momentos de la infancia de Cristo: el nacimiento en Belén, las referencias al niño hallado en el templo, la huída hacia Egipto, en prevención de que el rey ensangrentado, por los muchos niños asesinados, Herodes buscara de nuevo a su hijo para matarlo. En contrapunto de todo aquello, que era doloroso pero soportable, ahora se encuentra en una situación mucho más angustiosa: el hijo ha sido sepultado en un pobre sepulcro, sus cabellos de oro arrancados, la cara llena de cardenales, las manos y los pies clavados, coronado de espinas, con el pecho abierto, traspasado por la lanza.
La Virgen ya no tiene consuelo y se queja de su soledad, de su inmenso dolor de madre, en el que participa incluso la naturaleza, mediante manifestaciones extraordinarias como el eclipse de sol, el temblor de la tierra, las piedras que se rompen. El único contraste de ese gran sufrimiento parece ser el hombre pecador, insensible ante todo. Finalmente María ruega a su Hijo que no la olvide, en un deseo íntimo de ir a reunirse prontamente con él.

Al tiempo que el artífice del cielo,
por mandamiento del coeterno Padre,
hizo de ajenas culpas propia pena,
cubrió sus miembros al ingrato suelo.
Quedó en su muerte la afligida Madre 5
sola, de angustias y dolores llena;
llora la Virgen buena
y no hay quien la consuele,
que en mal que tanto duele
tiene el consuelo humano aborrecido, 10
y dice, entristecido
su semblante benino:
"¡Oh los que atravesáis este camino,
esperad y mirad con sentimiento
si habrá dolor que iguale al que yo siento! (6) 15

Yo soy por vos, amado hijo mío,
la más dichosa de las crïaturas
y la más triste de las que han crïado;
tuviéraos yo como en Belén al frío,
buscáraos yo otra vez, o por oscuras 20
selvas huyera [al] rey ensangrentado.
Mas ¡ay!, que sepultado
en poca tierra os lloro,
vuestros cabellos de oro
duramente mesados y la cara, 25
más que el oriente clara,
llena de cardenales,
clavados pies y manos celestiales,
coronado de espinas sin concierto,
y vuestro pecho duramente abierto. 30

Mi Dios, mi rey, mi hijo y mi alegría,
en tal jornada, ¿qué consuelo queda
a quien vio de la forma que partiste?;
¿qué castigo tan grave os merecía
que esta piedra con vos cubrir no pueda 35
las desiertas entrañas do anduvistes?
Salid, lágrimas tristes, (7)
de los huérfanos ojos,
y si en tantos enojos
os faltare el humor que os pido y ruego, 40
en sangre salga luego
el corazón mezquino,
y los que atravesáis este camino,
esperad y mirad con sentimiento
si habrá dolor que iguale al que yo siento. 45

¡Ay de mí sola!, y no porque soy sola,
mas por faltarme vuestra compañía,
sin que la vida que me es molesta y grave (8) .
¿Dó está mi vida, mi ventura dóla (9) ?
¿Qué es de la gloria del triunfante día 50
que fui llamada del arcángel "Ave"?
Ya el nombre más süave
será la desdichada,
la sola, la dejada,
la sin consuelo en su mayor quebranto, 55
y finalmente cuanto,
encarecidamente,
puede llamar un corazón clemente
a quien viere que tiene sepultura
en el profundo de la desventura. 60

El sol se asconde de tan gran crüeza,
la tierra tiembla, el mar combate al cielo,
y en el gran templo el velo es ya rompido;
las piedras enternecen su dureza (10)
y la natura atemoriza al suelo; 65
pues ¿qué hará quien os parió y lo vido?
Hijo tierno querido,
en vuestra muerte santa
lo insensible se espanta
y el hombre está más que el acero fuerte. 70
Tiemble también la muerte,
que tan osada vino.
Y los que atravesáis este camino,
esperad y mirad con sentimiento
si habrá dolor que iguale al que yo siento. 75

¡Oh Simeón, y cómo es ya llegada
la rabia del cruelísimo cuchillo
de que en sus tiernos meses me avisaste!
Vieron tus ojos [la] salud amada,
quedaste en paz, y cuerpo y alma humillo 80
a la guerra mortal que me anunciaste.
No hay corazón que baste,
aunque fuese de acero (11) ,
a ver el verdadero
Rey de la vida, por quien todo vive, 85
que la muerte recibe
por la mano enemiga
que Él ha de redimir con su fatiga,
y al hacedor de todo lo crïado
herido y preso, muerto y sepultado. 90

El cielo, el suelo y todas las criaturas
muestran tristeza en vuestra despedida;
el hombre sólo viste de alegría.
Salen los muertos de las sepulturas,
cobrando en vuestra muerte nueva vida; 95
yo sola muero, que por vos vivía.
Gloria, esperanza mía,
hijo del Sempiterno,
rómpase el crudo infierno,
cesen las furias del tartár[e]o bando, 100
mientras estoy llorando
en tormento contino.
Y los que atravesáis este camino,
esperad y mirad con sentimiento
si habrá dolor que iguale al que yo siento. 105

Creced, creced, amigas verdaderas,
ansias, congojas, sin cesar un rato
y confirmad lo que llorando digo.
¡Oh cielo, oh viento, oh montañas fieras,
oh tú, enferma natura, oh mundo ingrato, 110
si de diamante sois, llorad conmigo;
y tú, bando enemigo,
a mí vuelve tu saña,
si en dur[ísima entraña]
puede moverte a compasión mi vida! 115
Mas ¡ay!, cuán conocida
está vuestra dureza,
pues por matarme con mayor crüeza
me encomendáis a muerte tan esquiva
donde [en] ausencia de la vida viva. 120

No olvidéis, hijo, a la que tanto os ama;
abrid los ojos sin quien quedo ciega
en esta ausencia que mi alma llora.
No soléis vos ser a quien os llama
ni negar la piedad a quien os ruega, 125
¿cómo comigo traspasáislo agora?
¡Oh sepulcro do mora
la alegría del cielo,
rómpase el negro velo,
huya la noche, venga el nuevo día, 130
vista la carne fría
al spíritu divino!
Y los que atravesáis este camino,
esperad y mirad con sentimiento
si habrá dolor que iguale al que yo siento". 135

Estas y otras razones lastimosas
contemplo que diría
la Virgen santa en paso tan estrecho,
y entre las dolorosas
palabras sacaría 140
arroyos vivos del virgíneo pecho.
Mas [si] no quedo en lágrimas deshecho,
canción, con su tormento,
bien me podrás decir que no lo siento.

NOTAS

1. Todas las referencias se hacen por la completísima edición del profesor José Lara Garrido: Francisco de Aldana, Poesías castellanas completas, Madrid, Cátedra, 1985, p. 438. Las restantes referencias a esta obra se indican en el cuerpo del artículo mediante la mención de página tras el texto correspondiente.
2. Francisco de Aldana tiene un poema de intención similar, "Sobre el bien de la vida retirada", p. 236, y también un soneto de índole parecida, "Reconocimiento de la vanidad del mundo", p. 429.
3. Existe una conocida versión a la divino de la Égloga primera, en la que dialogan Cristo y el Pecador, cfr. Sebastián de Córdoba, Garcilaso a lo divino, ed. Glen R. Gale, Madrid, Castalia, 1971,p. 157 y ss.
4. Juan Díaz Rengifo, Arte poética española, Barcelona, Imprenta de María Martí, s.a. [c. 1726], pp. 108-109, grafías y puntuación actualizadas. La primera edición de esta obra se hizo en Salamanca, en 1592.
5. "El Remate es una estancia pequeña, que [el tratadista Antonio de] Tempo llama vuelta o retornelo, en que el poeta al fin de la Canción habla con ella, o notándola de alguna falta que lleva o excusándola o diciéndola lo que ha de responder, si la pusieron tal o tal tacha, etc. Y esta estancia no ha de llevar las mismas consonancias que las demás", Juan Díaz Rengifo, Arte poética española, op. cit., p. 199. El esquema métrico del remate de esta canción se parece a la primera parte de la estancia tipo: dos tercetos encadenados, un verso de enlace y un pareado, AbCAbCCdD, con lo que da la impresión de que se hubiese acortado la estrofa habitual en el poema.
6. Como hemos indicado, la fuente de este estribillo se encuentra en la Biblia: "Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta, con el que Yahveh me ha herido el día de su ardiente cólera", Lamentaciones, 1, 12.
7. Recuerda el estribillo del lamento amoroso de Salicio, "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo", Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed., Elías L. Rivers, Madrid, Castalia, 1972, p. 121, etc.
8. Otro probable eco de Garcilaso: "Estoy muriendo, y aun la vida temo; / témola con razón, pues tú me dejas, / que no hay sin ti el vivir para qué sea", ibid.
9. Se trata de una antigua contracción de ¿Dó ella? [¿Dónde está ella?] Cfr. "¿Dó está vuestra presencia? ¿Dóla? ¿Dóla?", Luis Barahona de Soto, Tres Églogas, ed. Antonio Cruz Casado, Lucena, Publicaciones de la Cátedra Barahona de Soto, 1997, p. 70.
10. De nuevo Garcilaso presta secuencias sintácticas al poema de Aldana: "Con mi llorar las piedras enternecen / su natural dureza y la quebrantan", Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed., Elías L. Rivers, op. cit., p. 126.
11. "No hay corazón que baste, / aunque fuese de piedra, / viendo mi amada hiedra / de mí arrancada...", ibid., p. 124.
12. Lectura de Elías L. Rivers en su edición de Francisco de Aldana, Poesías, Madrid, Espasa Calpe, 1966, p. 41, aunque no parece muy convincente el significado, de acuerdo con el contexto; José Lara no la incluye en su edición. Por su parte, Antonio Rodríguez Moñino deja el verso incompleto, cfr. de este crítico Los poetas extremeños del siglo XVI. Estudios bibliográficos, Badajoz, Diputación Provincial, 1935, p. 338




Pasión Franciscana, Lucena, 1998

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